jueves 30 de julio de 2009

URGENTE





jueves 4 de junio de 2009

Señales Alarmantes

A veces cuando estoy en mi casa solo y estoy teniendo un monólogo interno me doy cuenta de que estoy gesticulando. En particular cuando me imagino lo que alguien me contestaría a algo, me doy cuenta de que estoy poniendo la cara que le pondría.

miércoles 4 de marzo de 2009

Hacer caca

(Viene de el post anterior)




Hice caca. No vomité. Me siento mucho mejor.
Es como que el blog es mi amigo. ¿Debería ser triste? Digo, se supone que eso es triste, ¿no? En todo caso no me lo parece. Lo que sí es seguro es que los blogs tienen tan bajo nivel en promedio porque mucha gente los usa de amigo, como yo contando (¿contandoLES, a los lectores, que además son mis amigos porque nadie que no esté acá al lado en Serán más famosos que Paulo Coelho además de Joni leen mi blog, o contandoLE, al blog? ¿tal vez no tengo lectores por mis afición a las frases denodadamente largas? ¿se deberá mi afición a las frases denodadamente largas que se encabalgan las unas a las otras como homosexuales en un sauna al hecho de que nuestra Señora Presidente de la Nación Cristina Fernández de Kirchner también las ama, y las utiliza todo el tiempo con el fin de lograr esa maravillosa oratoria de la que está dotada gracias a Dios? Como sea, hoy mis palabras favoritas son denodado/a y denodadamente) que me hago caca. Pero debo alegar a mi favor que decirselo a alguien me ayudó a tomar valor para ir a hacer caca, y de hecho fui a hacer caca apenas oprimí (figurativamente) el botón (figurado) que reza "Publicar entrada". Ahora bien: ¿decirselo a alguien? Esto no es decirselo a alguien. Decirselo a alguien sería que les mandara un mail, por lo menos se acercaría bastante más al concepto de "decirselo a alguien" que esto de escribir en un blog cual naufrago escribiendo un mensaje en una botella. Piensen en la siguiente imagen... no, mejor: lo escribo como relato. Ahí va:

(¿se nota que hoy no vino mi jefa?)

El muelle estaba desierto. Ni una persona se hubiera podido divisar, de haber estado alguno de nosotros allí, oteando el horizonte. El mar y los apretujados galpones rojos y verdes estaban encapotados por un cielo nocturno sin estrellas. Algunas gaviotas sí habían, en cambio, volando en círculos alternativamente por sobre las tablas de madera y las embravecidas aguas negras. Sin nadie para escucharlo, el viento rugía su furia voraz, aplacando todo lo otro, los chillidos de las aves, algunas campanas moviéndose solas, y un sonido vítreo que una botella hizo al chocar, suavemente, contra la pared de piedra. Una botella que había llegado de muy lejos, desplazada junto con grandes masas de agua, peces y plancton, por acción de las corrientes marinas. La botella no se rompió, sino que siguió su curso, ahora arrastrándose por la pared hasta la entrada de un canal, que por magia divina operaba en este momento a la inversa del famoso dicho del Eclesiastés que reza "Toda el agua va hacia el mar".
Era verde, de cuello largo y panza abombada, y llevaba un tapón hecho de cera de vela y mugre. Tenía capacidad para dos litros de cualquier líquido o elemento pasible de ser mesurado en litros, pero su capacidad no estaba siendo utilizada completamente. En verdad, lo que llevaba no ocupaba mucho espacio: se trataba de un pedazo de papel. En su condición de botella podría haber tenido muchos posibles fines, desde el transporte de líquidos hasta la defensa personal, pasando por la iluminación (como parte de una bonita lámpara-botella de rústica confección hippie), la escenografía, el ornato... pero no era ninguno de esos su fin: su fin era la mensajería.
¿Era su fin la mensajería? Quizás nos apresuremos al sacar esta conclusión del solo hecho de contener un pedazo de papel amarillento, quemado en los lados y enrrollado. Esperemos, para qué conjeturar. Este mundo está hecho de sorpresas, una tras otra, una tras otra. La imprevisibilidad de las cosas es la sal de la vida, solía decirme mi amada y vieja abuela Greta, en nuestros interminables paseos por el prado.
Rauda corría la botella su regata salvaje por los canales de la pequeña ciudad, como poseída por alguna clase de imperiosidad sobrenatural. De milagro (como todo en esta vida) no estallaba contra los obstáculos que se le presentaban en el camino, y seguía, siempre rauda, como ausente. Su divagar apresurado la llevó a desembocar en la rampa que un pescador se había hecho construir por expertos albañiles a metros de la entrada de su casa, para bajar su bote al agua con facilidad; quizo el azar que el ángulo en el que la rampa la recibió fuera el correcto para un salto en el aire y un seguro aterrizaje. La botella quedó finalmente, erecta e inmaculada, centrada sobre el tapete de bienvenida del dulce hogar que el pescador compartía con su mujer y sus ocho hijos, el más pequeño de los cuales se llamaba Peter Hans, o Pedro Juan, en castellano. Peter John, en inglés. Kefa Iojanán en arameo, la lengua de Jesús.
Pedro Juan abrió la puerta esa mañana y metió a casa las botellas que el lechero en su tierna labor del amanecer había depositado sobre el tapete, y con ellas la botella de nuestro relato. La madre de Pedro Juan, al vaciar las de leche en una gran cacerola para preparar yogur, encontró la del pedazo de papel.
- ¡Pedro Juan! ¿De qué se trata esta broma? -gritó la madre, encolerizada. Era de cólera fácil la señora. Pedro Juan se acercó a ella para enterarse, y recibió un fuerte golpe en la cabeza con la enorme cuchara de madera de abedul que su madre gustaba de enarbolar. Llorando y moqueando como un niño (pues es lo que era, un niño de cuatro años) salió de la casa dejando atrás los gritos de su colérica madre y arrojó lejos la botella de la discordia, que se rompió en tres mil pedazos exactos contra una pared.
Los tres mil pedazos de botella se hundieron en el canal frente a la casa que habitaban y siguieron habitando Pedro Juan, sus siete hermanos y hermanas, su colérica madre y su padre pescador; y el pedazo de papel se hundió también, perdiéndose su mensaje (si es que había uno, pues nada nos indica fuera del sentido común que el pedazo de papel estuviera escrito) para siempre jamás.
Fin.


¡Epa! ¡Qué flor de cuento eh! ¿Quieren saber lo que decía el pedazo de papel, el puto pedazo de papel de la puta botella? Decía: "Ayer tomé cuatro vasos de kir. Hoy me estoy cagando; pero creo que si voy al baño, vomito." ¡Y Pedro Juan recibió un golpe por eso! ¡¿A ustedes les parece?! ¡Aaaharg, qué bronca! ¡Odio a las madres golpeadoras de niños de cuatro años con cucharas de madera de abedul, las odio! Pero bueno, qué se le va a hacer. Tampoco es cuestión de ir diciéndoles a las madres cómo criar a sus hijos. Yo creo que ser madre de ocho hijos no es tan fácil tampoco, y hay que tolerar que a veces se pongan un poquito violentas por pelotudeces.

En fin.

En el trabajo.

Ayer tomé cuatro vasos de kir. Hoy me estoy cagando; pero creo que si voy al baño, vomito.

martes 2 de diciembre de 2008

Soy un gran saxofonista, y un clarinetista emérito.

Salí del IUNA, de día, por Jujuy. Yo nunca camino por Jujuy. Iba muy contento con mi mochila y sin los auriculares ni los anteojos ni nada. Crucé Belgrano.
Pasando por la puerta de una farmacia, tres pendejos. Uno me dice:
- Eh, amigo, ¿no tenés una moneda?
Yo no tengo una moneda. Le digo:
- No tengo monedas.
Voy por el lado de la pared. Me doy cuenta, me están arrinconando.
- ¡Dejame pasar!
Me aprietan contra la pared. Hablan, pero no sé que dicen, es que hablan todos juntos, y uno me mete los dedos en el bolsillo.
- ¿¡Qué hacés?! ¡Salí de acá!
Me muevo como Tolkien cuando vuelve de la calle, estoy tratando de sacarme a tres pendejos de encima simultáneamente, me los sacudo, sacudo los hombritos, creo que a uno lo empujo del brazo, sé que a otro lo empujo de la cara. En el trajín, uno me dice algo del orden de "Te voy a pegar un tiro", a lo que yo le respondo "No tenés una pistola". El sacudirme y empujar, no sé cómo, funciona: de pronto ya no los tengo encima. Dos ya se están yendo; el último, al que empujé, me mira sonriendo mientras se va, y me tira un envase vacío de heladito, pero le erra. Camino hacia donde iba, sin darme vuelta, y sin darme cuenta que no me di vuelta. Camino un poco más y se me cae la mochila: se rompió el pasador de una de las correas, no sé cuándo. Y eso me da mucha bronca. Entonces empieza a discurrir mi (como diría Damián de yoga) monólogo interno hacia el hecho de estar, o deber estar, embroncado. Es rara la bronca. Y es rara la violencia. Porque yo me jacto de que nunca me robaron. Quiere decir que nunca me sacaron nada, nunca se llevaron nada mío apretándome. Es mentira igual; una vez, cuando salí de una fiesta de quince y estaba esperando el bondi en al avenida Córdoba (yo tenía quince también, como la festejada) vino un tipo en bicicleta y me robó. Cinco pesos me sacó; me dejó la moneda para el bondi. Celulares todavía no tenían los chicos de quince. Yo tenía puesta una campera de gabardina color cremita con corte de campera de jean de UFO que me salió cincuenta pesos y que sólo usé esa vez. Después se la regalé a Jony Pollac y este año cuando estuve en Sant Boi de Llobregat la volví a ver. No me acordaba de ella. A Jony le sigue gustando, a mí me sigue pareciendo horrible. Esa vez, a los quince, la amenaza del tipo fue "Tengo sida". En ese momento me pareció una amenaza adecuada. Después me pregunté muchas veces cómo eso podía ser en la práctica una amenaza: ¿me iba a pinchar con su sangre? ¿se iba a cortar y me iba a empapar en su sangre? Como sea, fue una buena amenaza.

En otra ocasión, más parecida a ésta, fue distinto: estaba en Rosario, volviendo con Flor de Roots a su casa por Estanislao Zeballos (el que escribió el estudio que leyeron Roca y su estado mayor como preparación para la "conquista del desierto" de 1879), ebrios los dos. A una cuadra de llegar a destino pasamos por la puerta de un edificio tomado y una chica nos miró a los ojos, premonitoria. Dos pasos adelante, de un garage metido para adentro, emergieron dos chicos que nos agarraron por la espalda. A mí el mío me agarraba del cuello.

- ¡Dennos todo! ¡Dale, rápido! ¡Dale que te corto! - o algo así, me dice el mío.

- No tenes un cuchillo - le digo yo, al tiempo que le doy cincuenta pesos.

Repentinamente nos sueltan y entran a correr para el lado de la casa de Flor. Yo pensé que era por lo del cuchillo, así de ebrio estaba, cuando me doy cuenta de que está llegando un patrullero santafecino.

- Ellos nos robaron - digo, sin mucho énfasis y levantando el brazo en su dirección.

El patrullero giró en u y entró a perseguirlos en contramano. Flor y yo nos quedamos atónitos un momento. La chica de los ojos premonitorios nos dijo algo ahí, porque había estado presente todo el rato. Pero no recordamos qué es. Suponemos que nos dijo que ella había llamado a la policía.

Como los chicos se habían llevado nuestras pertenencias y nosotros no sabíamos cómo debíamos proceder, resolvimos correr nosotros también y para cuando llegamos a la puerta de la casa de Flor ya venía el patrullero con los dos chicos sentados atrás. Me pregunto cómo habra sido el momento de la detención, si los canas habrán desenfundado. En la vereda estaba además Shiraz, que había atravesado todo el largo pasillo de la vecindad y se había sentado a observar el curso de los acontecimientos. Hubo un cruce de frases entre todos: los policías nos preguntaron si eran ellos, ellos dijeron que no tenían nada que ver, nosotros dijimos que sólo queríamos que se nos restituyeran nuestras propiedades. Después, uno de los chicos empezó a acusar al otro, dirigiéndose a Flor con este argumento: "Decile [al policía], linda, que yo te estaba ayudando". Algo así. Finalmente los policías hicieron descender a uno, lo hicieron desandar lo andando y encontrar lo robado descartado: el celular de Flor, su plata, la mía. Nos dieron todo, nos dijeron que al otro día fuéramos a denunciarlos, les dijimos que no (no me apetecía tener en la conciencia un chico en cana por robarme cincuenta pesos), les dijimos gracias, dijeron "Sólo cumplimos nuestro deber" (lo juro) y se fueron. Shiraz lo había espectado todo.

Rarísimo ¿no creen? Uno nunca espera ni que la policía aparezca en el momento indicado ni que haga su trabajo sin escándalo y gran despliegue. Sólo en Rosario puede pasar eso. Rarísimo. Ni siquiera les pegaron a los pibes, no en nuestra presencia por lo menos. Pero lo más raro fue cuando uno intentó salvarse hundiendo al otro. ¿Qué pensó que iba a pasar? En fin.


Estaba hablando de la bronca. Cuento dos anécdotas más sobre la bronca, y después hacemos una conclusión, ¿dale?

Una es simple. The straight story. Fue a mis catorce años, yo usaba mi mochila entonces nueva de Pink Floyd y guardaba mi única pertenencia de valor, el pase estudiantil (catorce pesos) en el bolsillo externo; en la estación Alem alguién me la abrió y me robó el pase estudiantil.

La otra no se relaciona con un robo. Esta también la hago simple. Trabajo en la biblioteca de una escuela de clase media alta con ínfulas de elite. La biblioteca es muy grande y muy parecida a la del Elite Way School de Rebelde Way. Ese día había un sector habilitado y otro que no lo estaba, y cuatro pibes se habían sentado a estudiar en el lado no habilitado. Cuando les fui a decir que se tenían que mudar de sector, me entraron a discutir y uno muy altanero me dice "Yo, además de alumno, soy cliente" y otro "Yo te pago el sueldo".



Cuando empecé a escribir esto fue inmediatamente después de que pasara lo de la avenida Jujuy, qua catarsis, pero el último episodio narrado sucedió dos días más tarde... Bueno, en realidad, no empecé a escribir inmediatamente después.

Después de que se me rompiera la correa de la mochila y mientras discurría mi monólogo interno sobre la cuestión de la bronca que condujo a esta entrada de borgspot, yo caminaba por la mentada avenida Jujuy (a una cuadra habían dos patrulleros estacionados, valga mencionarlo), que luego devino Pueyrredón, hasta que llegué a Bartolomé Mitre. Cuál no fue mi sorpresa cuando me di cuenta que la dirección a la que me dirigía (B. Mitre NNNN 4ºB) no correspondía a ningún edificio de oficinas o departamentos, sino que al edificio de la estación de trenes misma, una entrada lateral de la parte vieja, sin reformar. En la puerta había un cana que me preguntó a dónde iba y me indicó que subiera por el ascensor. El edificio debe ser de principio de siglo, y está muy bien conservado. Parece que funcionan sindicatos y oficinas de cosas públicas o vinculadas al sector público y ONG's ahí. Un lugar muy extraño, más por lo desconocido que por otra cosa. No está comunicado por ningún acceso libre con la parte de la estación, pero sí por ventanas que dejaban ver negocios de ropa y locutorios, como si la estación hubiera crecido a lo Tatsuo de Akira deteniéndose sólo cuando se le hubo acabado el lugar, limitada por este otro edificio. En el ascensor me sorprendí de tener la misma cara que antes, de no estar mi cara marcada por ningún rictus de broca. En la oficina 403, donde funciona el Centro Cultural Enrique Santos Discépolo, habían algunos activistas del movimiento y un par de viejos. Me entretuve diez minutos mirando los muchos libros que Norberto Galasso edita independientemente a través de este centro cultural, y cavilando sobre si me compraba el de historiografía, hasta que escuchando una conversación ajena me enteré que Norberto no venía porque tenía que descansar y que la charla la daba otro sujeto. Me dio un poco de bronca más, porque de no haberme salido del IUNA para ir hasta allá no se me hubiera roto la mochila, pero poco; desde la ventana del lugar se veía el ex Cromagnon, los boliches bailanteros de la plaza y la vía del tren que atraviesa Once, Almagro, Caballito... Saludé, bajé por el ascesor, y en plaza Once decidí tomarme el subte para volver al IUNA evitando la avenida Jujuy.

Estudio comparativo sobre las distintas AMENAZAS, en relación con la BRONCA.

Las amenzas presentes en los diversos relatos (todos ellos basados en hechos reales), fueron (por orden cronológico):

  • No hubo (en la situación del subte)
  • Tengo sida
  • Dale que te corto
  • Te voy a pegar un tiro
  • Yo te pago el sueldo
Resulta del análisis, que la única que me resultó amenazante fue "Tengo sida", y que mientras ésta, "Dale que te corto" y "Te voy a pegar un tiro" no me dieron bronca (al margen de que, o en razón de que por diferentes motivos estás dos últimas no me resultaron efectivamente amenazantes), el caso de la no-amenaza y el de "Yo te pago el sueldo" me dieron ganas de romper una pared (de durloc, nunca tengo ganas de romper una pared de en serio) a lo Andy Bernard.
Se me ocurren que todo esto lleva al tema de la prepotencia. Lo más prepotene de todo es "Yo te pago el sueldo", porque ¿qué se le responde? Quiero decir, claro que hay multiples respuestas ingeniosas posibles como "También le pagás el sueldo a la directora, ¿por qué no le vas a pedir su oficina para estudiar?", pero en el momento quería responderle más bien "Chupame la pija" o simplemente pegarle una piña en la cara. Claro que, siendo él un alumno y yo efectivamente el empleado de un colegio privado, debí callarme. Argumentar, cosa que empecé a hacer y de la que luego desistí, era una mala idea. No se argumenta contra "Yo te pago el sueldo". Sí se argumenta contra "Te voy a pegar un tiro", cuando quien lo dice es un chico en shorts y remera que está en la avenida Jujuy de día, o contra "Dale que te corto" cuando quien te lo dice ya te está agarrando del cuello, y no tiene ningún cuchillo en la mano. Y contra "Tengo sida" (que, por ser yo joven e inexperto, y más cauto que ahora, por lo menos en esa ocasión, no respondí), por lo absurdo, el único argumento oponible es "¡Cacatúa!" o "¡Krishnamurti!", o sino por un razonamiento antitético podría haber dicho "Tengo el remedio contra el sida", pero luego tendría que haber pensado muy rápido en cuál era éste.
Obviamente la frustración es mayor cuando no hay lugar a la argumentación, y la frustración me da bronca.
Fin.
para Magda rock and roll

viernes 12 de septiembre de 2008

Ideas

1. Va caminando por la calle y se encuentra, mientras cruza por una esquina, una soga o cable que cuelga y cae en la mitad de la senda peatonal (puede no haber senda peatonal). Mira para arriba y ve que la soga o el cable sube y sube pero no se ve de dónde cuelga: como si colgara del aire, o como si colgara de nada. Son dos planos: un plano general de la persona parado/a al lado del cable o soga, con extrañeza, y otro de la perspectiva de la persona mirando para arriba, a la soga perderse en el firmamento.

O sino, en una película en la que el protagonista sería conducido por un extraño a situaciones inverosimiles, y luego de una cantidad de situaciones que ocurrirían en el plano de lo posible, los dos personajes llegan corriendo por el campo (un campo más bien de golf que de pastoreo) a este lugar en el que no hay nada a mucha distancia a la redonda, ni árboles ni gente ni na', y en el que cuelga desde el cielo esta misteriosa soga. Es como el báculo mágico de Goku cuando lo usa para subir a la casa de Kami Sama, ¿menené? El personaje extraño le ata las piernas al protagonista con la soga como si fuera un arnes de esos para escalar paredes y le hace agarrarse de la soga con una mano, jala de la soga como llamando a Largo y el personaje, con una cara importante de susto, empieza a ser jalado. Me falta lo que pasa antes (escena uno: el protagonista es abordado inesperada y súbitamente por el extraño - escena dos: el protagonista es convencido de la manera más inverosimil por el extraño para seguirlo; aunque el móvil real del protagonista es la curiosidad, que vence a la prudencia, aparenta haberse convencido por el argumento incomprensible del extraño - escena tres: algo raro - escena cuatro: algo raro o la supradescripta) y lo que pasa después.



2. Hombres que se comportan como hombres con sentimientos de perros para con perros gigantes que se comportan como perros pero que tratan a los hombres como mascotas. Algo así:



Escena 1



(Hay un hombre llamado Álvaro en una habitación de la que solo vemos el suelo y una pared, no así el techo. Viste lo más standard posible, como en Seinfeld. Entra otro hombre, llamado Quique.)



Quique:- Hola Álvaro hola hola hola hola hola hola hola (...)

Álvaro:- (Superponiéndose) Hola Quique hola hola hola hola hola (...)



(Hacen una pequeña danza mientras se saludan, con algarabía, medio murguero. Se les va pasando el entusiasmo hasta que se quedan quietos mirando al vacío, jadeando. Todos los cambios de estado son bruscos. Álvaro se pone a mirar a Quique fijamente)



Álvaro:- ¿Ya comiste? ¿Qué comiste?

Quique:- (Mira fijamente a Álvaro) No, no comí. No comí nada. Ya me fije en el baño y todo.

Álvaro:- ¿Te fijaste en las habitaciones?

Quique:- Sí.

Álvaro:- Tengo hambre.

Quique:- Tengo hambre.

Álvaro:- (Haciendo pucherito) ¡Tengo hambre!

Quique:- (Haciendo pucherito) ¡Tengo hambre!

Álvaro y Quique:- (Lloran) ¡Hambre! ¡Hambre! ¡Comer! ¡Hambre!



Sus llantos se van incrementando en decibeles. Cuando ya son alaridos estridentes, entra en escena un perro gigante, llamado Tolkien. Quique y Álvaro le llegan a las rodillas. Se para al lado de ellos y los mira, o mira al vacío. No habla, pero Álvaro y Quique le hablan y luego hacen silencios como escuchando la respuesta.



Álvaro y Quique:- (Dejan abruptamente de llorar y se ponen muy contentos) ¡Hola Tolkien hola hola hola hola hola hola...! (Bailan murga mientras miran a Tolkien como escuchándolo. Estallan en alborozo) ¡Sí, comida! ¡Eeh!



(Tolkien sale de escena por la derecha. Álvaro y Quique lo siguen corriendo. Nos damos cuenta, por los muebles de la casa, que todo es enorme para ellos, es de la escala de Tolkien. Corren hasta que se detienen en un lugar. Miran hacia la derecha con gran ansiedad. Entran a escena, deslizandose por el piso desde la derecha, dos platos de fideos con tuco. Álvaro y Quique se arrojan al piso y empiezan a comer con las manos a los costados de sendos platos y las caras en la comida, hasta que se terminan los fideos. Después, se paran.)



Quique:- (Suspira, pipón pipón) ¡Aaaah! ¡Qué ricos los fideos!

Álvaro:- (Sentándose con las piernas estiradas, como para elongar) Sí, estaba rica.

Quique:- (Luego de un silencio) Quiero hacer pis.

Álvaro:- (Se para) Quiero hacer pis y caca.

Quique:- ¡Sí, quiero hacer pis y caca!



(Álvaro y Quique salen corriendo hasta que llegan a los pies de Tolkien. Se ponen a dar vueltas sobre sí mismos y a gritar)

Álvaro y Quique:- ¡Queremos hacer pis y caca! ¡Queremos hacer pis y caca! (Tolkien empieza a caminar) ¡Sí! ¡Caca y pis!



Escena 2



(Álvaro y Quique en un ascensor gigante, con Tolkien. Se escucha el ruido del ascensor, que baja. Álvaro y Quique están acuclillados mirando para arriba, y bailan un poquito. Cuando la puerta-acordeón se abren, salen corriendo con cara de idea fija.)



(Álvaro y Quique acuclillados en la calle, con los pantalones bajos, hacen caca mirando para todos lados. Tolkien está parado al lado, mirándolos. Terminan de cagar y se paran, subiéndose los pantalones. Caminan por la vereda al lado de Tolkien, que sostiene en la boca dos correas. Todo el tiempo amagan a levantar cosas del piso con gran curiosidad, pero Tolkien los censura con un sonido o una mirada - una pisada fuerte, un gruñido. Aparece otro hombre, con otro perro gigante)



Tomy:- (Levantando la mano en señal de saludo, abruptamente muy entusiasmado, a Álvaro y Quique) ¡Hola, soy Tomy! (Se acerca imprudentemente a Álvaro y le empieza a pasar las manos por la cara, como un ciego haciendo un reconocimiento. Álvaro y Quique se tensan. Sin previo aviso, ambos se ponen a gritar al límite de la ira.)

Álvaro y Quique:- (Sin respirar) ¡Salí de acá pendejo de mierda no sabés que esta es nuestra vereda te vamos a cagar a trompadas salí de acá tomatela no vuelvas nunca ni vos ni tu perro de mierda fuera fuera fuera buga buga buga!

Tomy:- (Casi simultáneamente, es decir, en canon, sin respirar) ¡Feos malos sucios enemigos malvados! (Repite, pero va perdiendo convicción en cada repetición, hasta que se amedrenta)

(Simultaneamente ambos perros se ponen a ladrar. Progresivamente los tres hombres se van callando ante los ladridos y al final se van cada yunta por su lado. Cuando se están alejando, Tolkien les chumba a Álvaro y a Quique, como retándolos. Estos se muestran asustados).



Escena 3



(Se escucha un portazo. Se ve a Álvaro y a Quique entrar en cuadro arrastrando los pies hasta que llegan a un sillón, gigante también. Vacila Álvaro, frente al sillón. Intenta torpemente subirse, tarda en lograrlo, lo logra. Se acuesta en posición fetal, con las manos entre los muslos. Quique intenta subir y Álvaro lo empuja. De nuevo. Quique se rinde, se acuesta en la misma posición que Álvaro pero en el piso, a los pies del sillón, y cierra los ojos. Álvaro cierra los ojos)

Fin.

martes 22 de abril de 2008

Puán

Hoy vino a la clase de antropología un señor con cancer de prostata, su vejiga estaba bien pero se le había ramificado un poco en la garganta. Vestía jeans y una camisa con cuadraditos y dijo tener 55 años pero aparentaba más. Vive en el barrio Sarmiento, al lado del autódromo, donde se juegan las competencias automovilísticas. Si alguno de ustedes no estuvo en persona, las conoce de la televisión. Este señor cree fervientemente en la televisión. Habló de ella varias veces a lo largo de su discruso. Canal 26 le hizo numerosos reportajes, seguramente nosotros lo debemos conocer de ahí. Él y su familia fueron desalojados. Gracias a la bondad de una línea de colectivos, ego, su aliada y sus agnados están viviendo en una carpa en la terminal, a lo salvaje. Sostenía una libretita bordó. Hizo referencia al carnicero de cada barrio y a la entrañable relación que cada uno de ellos sostiene con cada uno de nosotros, casi como un miembro más de la familia. Él tenía un oficio, nos contó, era carnicero, y ya se cansó de golpear la puerta de Jumbo, Coto y Carrefour. En el servicio de asistencia social le dijeron que espere. Pidió perdón, como dicen ustedes los jóvenes, por la pálida, y le dijo a la profesora que estaba muy linda. La profesora se puso colorada. Después se fue.